
Por Mariana Lamboglia
Tarde soleada en la capital mexicana. Dieciocho mil personas caminan rumbo al zócalo, la famosa plaza central de la ciudad de México, voceando consignas conmemorativas; en las aceras los transeúntes curiosean, algunos se animan a corear alguna frase, otros unen sus pasos a los de la multitud. Este viernes, 2 de octubre de 2009, estudiantes, trabajadores, campesinos, profesionales y ciudadanos del común recorren las vías por las que hace ya 41 años transitaron en varias ocasiones las marchas organizadas por el movimiento estudiantil mexicano que se desató 1968 y cuyo trágico final, conocido como la “noche de Tlatelolco” se conmemora cada año en esta misma fecha.
1968 fue un año particularmente agitado dentro de una década que conmovió al mundo por los profundos cambios que experimentaba la sociedad: el movi miento hippie, la guerra de Vietnam, el asesinato de Martin Luther King, el mayo francés, el rock and roll; en todas las latitudes, cada vez con mayor ardor, los jóvenes del mundo se movilizaban en torno a causas sociales y el mundo veía con sorpresa el surgimiento de una generación que desafiaba los cánones tradicionales. Los sucesos de ese periodo impactarían profundamente la memoria colectiva y México no fue la excepción.
El país azteca se concentraba en la preparación de los primeros juegos olímpicos que tendrían lugar en Latinoamérica, cuya inauguración estaba programada para el 12 de octubre. Sin embargo, el 22 de julio de ese año la atención del público se volcó hacia la intervención violenta de la fuerza pública en una gresca entre alumnos de dos instituciones de educación básica, la Vocacional 5 del Instituto Pedagógico Nacional y la Preparatoria privada Isaac Ochoterena, después de un partido de fútbol americano. Aunque todas las versiones coinciden en señalar que el enfrentamiento del 22 de julio marca el inicio de los eventos que desembocaron en la noche de Tlatelolco, éste no fue un suceso casual ni aislado sino que, en el marco de un ambiente generalizado de lucha social en el mundo, respondía a una creciente molestia por parte de diversos sectores en torno al sistema político mexicano, dominado por el Partido de la Revolución Institucional -PRI- que mediante las más variadas estrategias de cooptación, corrupción y fraude electoral, entre otras, mantenía copados los espacios de participación y expresión democrática.
En este marco se presentaron las primeras manifestaciones de inconformidad por parte de los estudiantes, las cuales se tradujeron durante los últimos días de julio en una serie de marchas en medio de las que hubo nuevos enfrentamientos con la policía que arrojaron como resultado varias docenas de estudiantes maltratados y detenidos. El 29 de julio, ejército y policía tomaron por la fuerza varios de los planteles involucrados en las manifestaciones disparando con una bazooka sobre la puerta colonial de la Escuela Preparatoria 1, que databa del siglo XVIII; frente a ello directivos y estudiantes de otras instituciones públicas como la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Autónoma de Chapingo, la Escuela Normal Superior, la Escuela Nacional de Maestros, el Instituto Politécnico Nacional, y algunas privadas como la Universidad Iberoamericana se declararon en huelga y emprendieron acciones de solidaridad. En los días siguientes se unieron a las actividades de protesta otras comunidades educativas inconformes con la estrategia represiva mediante la cual el gobierno intentaba controlar la situación y el 9 de agosto, en vista del creciente número de personas que se integraban al movimiento, se decidió la creación del Consejo Nacional de Huelga (CNH) compuesto por representantes de todas las instituciones participantes en el movimiento. El CNH fue el estamento que organizó las actividades y canalizó las peticiones del movimiento, entre ellas la destitución de los oficiales que habían estado al mando de operaciones contra los estudiantes, la disolución de los grupos de choque de las fuerzas armadas, la excarcelación de los estudiantes detenidos y la derogación de normas constitucionales que criminalizaban la protesta social.
Durante los meses de agosto y septiembre se llevaron a cabo marchas, mítines y manifestaciones en las cuales se empezó a evidenciar el apoyo y la participación no sólo de miembros de las comunidades educativas, sino también de una gran variedad de sectores sociales como trabajadores de otras instituciones públicas, sindicatos, obreros, profesionales, campesinos y amas de casa quienes marchaban portando pancartas con mensajes como “Las madres mexicanas apoyamos a nuestros hijos”. Entre tanto, el CNH buscaba acercamientos con el gobierno para discutir el pliego petitorio y, aunque en julio el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz había ofrecido su mano tendida a quien quisiera estrecharla como una señal de apertura, en la práctica, el diálogo se dilataba y la tensión iba en aumento hasta el punto en que el 1° de septiembre, durante un informe de gobierno, el presidente amenazó con tomar medidas violentas para enfrentar la inconformidad ciudadana, como de hecho sucedió un mes más tarde.
En efecto, el dos de octubre, con las demandas del movimiento estudiantil aún sin respuesta, el CNH organizó un mitin en la Plaza de las tres Culturas de Tlatelolco, cerca al centro de la ciudad. Al caer la tarde en la plaza se encontraban entre 8000 y 10000 asistentes de todas las edades, oficios y proveniencias, quienes escuchaban a los oradores del CNH. Repentinamente, pasadas las 6:10 p.m., un helicóptero dejó caer dos bengalas sobre la plaza y de inmediato un grupo de hombres armados vestidos de civil, que portaban un guante blanco en la mano izquierda como distintivo y se encontraban apostados en edificios contiguos a la plaza, empezaron a disparar contra la multitud, el ejército respondió desde varios flancos y tanto oradores como asistentes al mitin quedaron atrapados en medio del fuego cruzado. Corriendo en medio de las balas que surcaban la plaza, cientos de personas consiguieron refugiarse en apartamentos de los edificios aledaños mientras que otros fueron desnudados, maltratados y detenidos por los hombres del guante blanco y el ejército.
El saldo oficial es de 33 muertos. Sin embargo, instancias como la Comisión de la verdad encabezada por el reconocido escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II señalan que la cifra de caídos puede ascender a más de 300, otras fuentes hablan de miles. Las imágenes recogidas ese día, que aún no se borran de la memoria colectiva de los mexicanos, retratan una profusión seres a quienes balas expansivas y golpes de bayoneta les destrozaron la vida.
La reconstrucción posterior de los hechos muestra que las blancas manos enguantadas, que pronto se tiñeron de sangre, pertenecían a miembros del Batallón Olimpia, un escuadrón del ejército que actuó bajo órdenes del presidente, quien en declaraciones públicas luego de la masacre se responsabilizó por los sucesos del 2 de octubre, y su secretario de gobernación Luis Echeverría Álvarez, quien en 2006 fue requerido por la justicia mexicana debido a los eventos de Tlatelolco. Evidentemente, frente al inminente inicio de los juegos olímpicos, el gobierno mexicano optó por reprimir de la manera más violenta posible las voces que desde todos los rincones del país se levantaban para protestar. El 3 de octubre la Plaza de las Tres Culturas amaneció sin evidencias del horror vivido la noche anterior. Díez días después, los juegos se inauguraron bajo el paradójico eslogan de “Las olimpiadas de la paz” mientras que la profunda herida ocasionada al pueblo mexicano sangraba profusamente. Hasta hoy el mundo no conoce con precisión las cifras de muertos y desaparecidos el 2 de octubre de 1968, no existe tampoco siquiera un solo condenado por los hechos.
Sin embargo, la capacidad de la sociedad mexicana para evocar no está muerta. Recientemente la UNAM abrió al público la exposición permanente “Memorial del 68”, en la cual se reconstruyen con detalle los eventos del movimiento estudiantil que rodearon la masacre mediante una puesta en escena que permite escuchar multiplicidad de voces de quienes participaron del movimiento y fueron víctimas de la acción del Estado. Por otra parte, las nuevas generaciones de estudiantes, herederos de una memoria que permanece viva, conocen lo sucedido, son conscientes de la importancia de mantener vigente el recuerdo de la tragedia, de reclamar verdad y justicia, de no ceder frente al terror de las balas, de continuar, en fin, reuniéndose año tras año para gritarle a México y al mundo “¡2 de octubre no se olvida, es de fuerza combativa!”.
[1] Este artículo se realizó gracias a testimonios de los estudiantes Gabriela De la Cruz, Luis Daniel Lagunes, Cynthia García Martínez, Ricardo Solís y Rosalba Quintana,de la Licenciatura en Estudios Latinoamericanos que imparte la Universidad Nacional Autónoma de México y asistentes habituales a las marchas del 2 de octubre.