Seguridad Democrática y nueva Historia Patria
Por Óscar Murillo Ramírez , Tomado del Informativo de la CUT de Bogotá y Cundi
Categorias: Historia, Opinión, Bicentenario
Óscar Murillo Ramírez
Universidad Nacional de Colombia
Tomado del Informativo de la CUT de Bogotá y Cundinamarca # 63

La Seguridad Democrática (SD) surgió a partir de dos acontecimientos a través de los cuales cimentó su legitimidad: el ataque a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, evento que significó la asunción del discurso antiterrorista y la doctrina de la Guerra Preventiva como estrategia geopolítica mundial; por su parte, en Colombia, se produjo un desgaste en la sociedad producto de la dinámica del conflicto armado y, particularmente, de las negociaciones con las FARC en el Caguán.

La SD, como discurso político, ha reconfigurado gran parte de los asuntos públicos. Define los amigos y enemigos en la política, es un elemento substancial de las políticas públicas urbanas y rurales, está presente en un amplio margen del discurso ciudadano, satura los medios de comunicación noticiosos y de entretenimiento. Pero ello no es todo: en tiempos de la efeméride del Bicentenario de la Independencia, la SD ha ideologizado la historia y establecido, por esa vía, un proyecto hegemónico de la cultura nacional.

Nacionalismo autoritario y hegemonía cultural

El 25 de octubre, en El Espectador, tuve la sorpresa de encontrar con un editorial bien particular: “Uribe el historiador”. Se refería a la intervención realizada por el primer mandatario en el encuentro internacional de historia realizado en Cartagena: un discurso centrado en la historia política del siglo XIX y XX que resaltaba las benéficas acciones de las diversas administraciones de este país, y las limitaciones que produjo, en todos lo casos, la existencia de la violencia.

En un breve rastreo a los discursos de Álvaro Uribe, en diversos eventos y contextos, encontré referencias similares. He aquí algunos ejemplos. En el Congreso Nacional de Seguridad Privada: “Una Patria que ha tenido buenos gobiernos, pero ha tenido no tan buenos resultados. Y la tragedia ha sido la violencia. Violencia en la conquista, en las guerras de la Independencia, violencia entre los propios” SP (Oct/09).

Refiriéndose al conflicto con Venezuela, señaló: “(…) yo he estado tratando de hacer una pedagogía nacional llamando la atención de los colombianos para ver la parte buena de cada gobierno de la patria, incluso de los gobiernos de la Patria Boba, y llegar a la conclusión que la violencia le afecto mucho la posibilidad de prosperar a un país como el nuestro” W Radio (Nov/09).

Días antes, en el marco del Consejo Comunitario en San Juan de Rioseco, Cundinamarca, aparece la misma lógica discursiva: “En dos siglos, apenas Colombia ha disfrutado medidamente 47 años de paz: 7 años en el siglo XIX, y 40 años en el siglo XX. Como nos ha hecho de daño esa violencia” SP (Nov/09).

Podría afirmarse que, en el marco de la SD, asistimos a una versión de la “Historia Patria”, la cual pasó del clásico modelo nacional-heroico del siglo XIX, basado en las vidas de los principales protagonistas de las gestas independentistas, a una historia cuyo eje narrativo es la violencia y sus efectos –más que sus causas-, en donde se articula un escueto nacionalismo apoyado en valores como la “pasión”, el “trabajo”, los utensilios de la vida rural y la iconografía religioso-cristiana, todo ello en función de un proyecto cohesionador de la comunidad política.

¿Qué encarna la afirmación: “el siglo XX no nos trajo más de 40 años de paz, el resto, fueron años de violencia”? Construye una narrativa hegemónica de la historia, cuyo hilo tejedor es la violencia, que se presenta como endémica, constitutiva de la colombianidad, referencial de la identidad nacional, y de la cual se concluye, desde dicha perspectiva, que se requiere la “seguridad” y el “orden” como únicos elementos validos para configurar la sociedad y legitima, desde allí, ésta y muchas reelecciones más.

El “desquite” del siglo XXI: ¿Para quién y en función de qué?

El uso público de la historia obedece a la necesidad política del actor hegemónico de legitimar un proyecto a partir del cual organiza el conjunto de la sociedad. Por ello, no es gratuito que Uribe concluya de su particular perspectiva histórica: “Este siglo tiene que ser el siglo de la seguridad para que sea el siglo del desquite, apreciados compatriotas” SP (Oct/09).

En otra oportunidad, con mayor contundencia, afirmó: “Tenemos, compatriotas, que afianzar la seguridad. Tiene que ser un valor del siglo XXI. Este siglo tiene que ser el siglo del desquite, el siglo de la prosperidad. Porque en los dos siglos anteriores, Colombia pudo haber ganado más prosperidad, de no haber tenido ese sino de la violencia” SP (Nov/09).

Sin embargo, esta triada de conceptos: valores-seguridad-prosperidad, se encuentra en función de un proyecto esencialmente antidemocrático; veamos. La SD se definió como “(…) comprometida con el respeto de los derechos humanos, el pluralismo político y la participación ciudadana” (Atehortúa/2007/49). Hechos como los “Falsos positivos”, interceptaciones a periodistas y políticos de oposición, y la impunidad institucionalizada en la Ley de Justicia y Paz, evidencian una realidad distinta a la formulación del papel.

Por otra parte, los resultados de la política económica demuestran que la presunta “prosperidad”, como resultado de la SD, está lejos de ser igual para todos. Por ejemplo, se observa un aumento de la pobreza extrema en 2,1 para 2008 y la desigualdad llegó al 0,59; además, el desempleo alcanzó el 12,2% en septiembre de 2009 y, contrario al impacto social, el sector financiero aumentó en un 35% sus ganancias para 2009.

Como corolario, aunque ha existido periodos de violencia en la historia de Colombia, la de finales del siglo XVIII e inicios del XIX, correspondió a la batalla social por fundar un orden anticolonial y democrático a partir del cual se creó una cultura política que permitirá la construcción de las instituciones políticas durante el largo proceso del siglo XX.

Este debate resulta trascendental para comprender la complejidad de la historia de Colombia, su riqueza sociopolítica, para comprender que la violencia no ha sido lo único existente y que, en muchos casos, ésta obedeció a procesos históricos continentales y mundiales; igualmente, permite comprender que, quiérase o no, existe hoy un orden institucional democrático forjado históricamente que se encuentra amenazado. De allí la importancia del Estado de derecho, las cortes y organismos de control que representan una molestia para el proyecto de Álvaro Uribe.


Ilustración de Ana Carolina Castro
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(...) El Movimiento (de 1971) desbordó el carácter contestatario, al que inicialmente estaba condenado y tuvo la capacidad de elaborar unos criterios, el Programa Mínimo, que se constituyeron en una propuesta de reforma, sintetizando las aspiraciones de la población en la educación y de la soberanía nacional en el terreno de la ciencia y la cultura. Este período del Movimiento Estudiantil, que hoy está proscrito de la historia nacional y de la educación, como también de su enseñanza, merece de lejos ocupar el lugar que le corresponde.

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