Miguel Pardo.
Al final, es en la institución educativa en donde se hacen palpables, en no pocas ocasiones con extrema crudeza, todos los estragos de la política neoliberal, su mezquindad para con la inversión social, el desamparo de los niños y jóvenes, y una política educativa pública para ciudadanos del cuarto mundo. El decreto 230 de 2002, hace parte de ese sin fin de normas motivados en una concepción miserable de la educación. El objetivo central de su expedición, no tuvo que ver con la calidad de la educación sino con el propósito de evitar la deserción escolar porque la repitencia cuesta.
El decreto 230 de 2002, hace parte de ese sin fin de normas motivados en una concepción miserable de la educación. El objetivo central de su expedición, no tuvo que ver con la calidad de la educación sino con el propósito de evitar la deserción escolar porque la repitencia cuesta. Desde ese punto de vista,
el fracaso ha sido descomunal si nos atenemos al informe de la Contraloría General de la República
[2]; y que seguramente
se confirmará en los años venideros, según los datos del DANE
[3] y la investigación de la Misión de Pobreza
[4]
No es la primera vez que se establece la promoción automática
[5] con estos fines y tampoco lo es como fracaso. Pero sobre todo, no es la primera vez que esta se institucionaliza como producto de ajustes económicos ordenados por la banca internacional. En el caso que nos ocupa, este decreto es reglamentario de la Ley 715, y esta a su vez, del Acto Legislativo 01 de 2001 que recortó 5.5 billones a educación. Un documento del Banco Mundial descaradamente denominado “
Mejoramiento de la calidad de la educación de la educación para América y el Latina y el Caribe de 1991”, se reveló como orientador de los planes gubernamentales desde la “Apertura” hasta la “Revolución” Educativa(s) que buscan
hacer más con menos. Además de alentar a América Latina a generalizar la
“promoción flexible”; “recomienda”
impulsar los hogares comunitarios; establece el mínimo de textos y material didáctico por alumno; como también, criterios focalizados para contenidos, metodologías y capacitación; y condena la educación inicial
“…el sector público debe destinar recursos sólo para la enseñanza preescolar de los niños de bajos ingresos y en condiciones de mayor vulnerabilidad especialmente en riesgo de desertar o delinquir”.
La ley 715 de 2001, consolidó las 4 focalizaciones; es decir, el denominado eje de
“equidad” de la política educativa neoliberal, que consiste en que los trasquilados recursos deben dirigirse fundamentalmente a estratos 1y 2; a la enseñanza de las competencias básicas; a los niveles entre el mal llamado grado cero y el noveno; y, a las edades entre 5 y 15 años. Con el agravante de que estas dos últimas restricciones se elevaron a norma constitucional desde 1991, obligando de paso a las familias a colocar parte de los recursos
[6]. Con el nuevo recorte de las transferencias propuesto por Uribe, calculado en 52.4 billones, las metas serán rayanas en la desaparición de la educación y la salud públicas.
El conjunto de orientaciones y normas expuestas, incluido el 230, afecta a nuestros estudiantes de variada forma: los rezaga frente al conocimiento de sus pares, no sólo de otras latitudes sino de sus mismas ciudades o municipios; dificulta la formación de la concepción científica del mundo desde temprana edad, los relaja académica y disciplinariamente; los induce a la pérdida del gusto y al desprecio por el estudio; los coloca en desventaja para el ingreso de la universidad pública; los enfrenta abruptamente, cuando egresen, a una realidad que no se rige por la laxitud de la norma y mantienen en vilo el ambiente escolar.
Aunque está demostrado, que el decreto no tiene una motivación académica, los pedagogos debemos asumir con rigor el debate sobre su contenido. Algunos lo consideran benéfico porque protege a los estudiantes de eventuales arbitrariedades de los docentes. El retorno a un eventual autoritarismo no debe ser la razón para derogarlo. Tampoco es un argumento propiamente académico, colocar a los críticos de la norma en el bando contrario de la democracia escolar y la libertad de cátedra; por cierto, bien vulneradas por la medida. No sobra anotar que entre los chicos también crece el malestar, como lo evidenció el Foro Educativo Distrital de Bogotá del 2005 y el evento que sobre el particular se realizó con la muchachada en el Distrito Capital el pasado 25 de octubre. Igualmente, comparto con aquellos que señalan que la derogatoria del 230 no soluciona automáticamente el nivel académico pero contribuiría significativamente, simplemente porque ni las causas de su expedición ni mucho menos las consecuencias de su aplicación tienen relación con una mejor calidad; en virtud de lo cual, las entidades territoriales deben exigirla al Ministerio de Educación.
Las propuestas para neutralizar o superar el decreto 230, deben acompañarse con reconocimientos a los estudiantes por su trabajo pedagógico; con reformas a los planes de estudios; convirtiendo los nuevos colegios en experiencias pedagógicas de largo alcance; insistiendo en el preescolar de tres grados y de la educación media especializada; fortaleciendo el ejercicio pleno del gobierno escolar y apoyando las políticas públicas que contrarresten las causas de la deserción. Sin embargo, una fuerza arrolladora derivaría de pequeños pero conscientes acuerdos institucionales entre padres, madres, estudiantes y docentes.
Es demasiado evidente que existe una conspiración neoliberal para que el país debilite su comunidad educativa, académica y científica. Intención confirmada por la supresión del estatuto docente, los atentados a la libertad de cátedra y las regresivas condiciones para ejercerla. Igualmente, por la noche oscura para la universidad pública, la investigación científica y la cultura nacional de firmarse el TLC. Definitivamente la supresión de la absurda normatividad descrita, hoy pasa por la lucha para hundir el proyecto legislativo que perpetuaría recortes presupuestales más severos. Otra vez es la hora de la soberanía en el campo de la educación y la cultura, forjemos el más vasto frente común de toda la población, la oposición, los municipios y departamentos en su defensa.
[2] Las cifras del 2004 muestran que en Colombia solamente el 47% de los estudiantes que inician el ciclo completo de educación lo termina; la inasistencia a la escuela de la población entre 5 y 17 años se explicó en un 40% en 2003 por falta de dinero. Adicionalmente, el estudio establece que deben ser revisadas las medidas relacionadas con la “mejor utilización de la capacidad instalada” y con la “racionalización de la planta docente” y resalta, como prueba de ello el decreto 3020 de 2002, que recorta el número docentes necesarios con especial efecto en la enseñanza de educación física, artes e idiomas.
La deserción escolar en la educación básica y media. Contraloría General de la República. Bogotá D.C. Octubre de 2005.
[6] El presupuesto oficial al año 2000 era de 8 billones; mientras que las familias en su conjunto, destinaron casi 7 billones (46.67%). Datos del documento:
Educación compromiso de todos. Situación de la Educación Básica, media y superior en Colombia. Casa Editorial El Tiempo – Fundación Corona. Marzo 2002).