¿Surge un nuevo actor?

Sobre las jornadas estudiantiles contra el 012 (2001).

La protesta estudiantil contra el cuestionado Acto Legislativo 012 empezó a prepararse desde el año pasado, cuando a través de reuniones y talleres regionales y nacionales, animados por jóvenes líderes, se estableció una comunicación permanente sobre el tema.

Por Andrés Antonio Martínez Rodríguez* Especial para U.N. Periódico (Julio 15 de 2001, #24)

Ágiles, desplazándose sin sospechas porque nadie imaginaba a dónde iban, muchachas y muchachos, jóvenes y niños, que parecían encerrados en el olvido dentro de las paredes de la escuela, se tomaron las principales vías de la ciudad volviendo a ocupar la memoria y la plaza pública. Se hicieron visibles en la protesta social, recordándonos que su beligerancia frente a la injusticia no es cosa del pasado.

Las décadas del 60 y 70 fueron la época gloriosa del movimiento estudiantil. Su protesta organizada tuvo influencias sobre la vida política nacional, como lo recuerda su destacada participación en diversos movimientos cívicos y democráticos de aquellos años. Su ímpetu, con todo, decayó con el declive de una era política cercada por una mezcla de las demandas de los nuevos tiempos, la caducidad de sus discursos y prácticas, la represión y la violencia. Como de otros tantos movimientos, los estudiantes casi desaparecieron de la arena pública.

Hoy, 20 años después, vuelven a tomarse la calle. Primero lo hicieron en los barrios alrededor de sus escuelas y colegios empapelándolos con caricaturas, marchando con carteles en donde se denunciaba el 012 y entonando cánticos al mejor estilo de las barras bravas. Pero luego, ante la continuidad del trámite del acto legislativo en el Congreso, la protesta se tomó los colegios y las vías arterias de la ciudad. En el transcurso de un agitado mes, entre el 18 de mayo y el 20 de junio, fueron ocupados aproximadamente 70 colegios en Bogotá; otro tanto sucedió en ciudades como Medellín, Cali y Neiva, mientras en departamentos como Risaralda la organización se fortaleció hasta el punto de que los estudiantes entraron en paro permanente en 12 de sus 16 municipios. En regiones fronterizas como Cúcuta e Ipiales, jóvenes ligados al movimiento se tomaron las fronteras. Desde el comienzo de las marchas y dos veces por semana, ante los nuevos debates en el Congreso, se movilizaron contingentes de jóvenes desde las localidades hacia la Plaza de Bolívar, junto a maestros y padres de familia, paralizando el centro de la ciudad.

Los jóvenes han abandonado los partidos, los sindicatos y las formas clásicas de movilización política, pero participan con cierta frecuencia en marchas y protestas. Sin embargo, esta vez era distinto, no era una protesta organizada por otros sino una movilización antecedida por conversatorios y análisis del problema. Desde el año pasado empezaron a estudiar el 012 en reuniones regionales y nacionales por medio de giras, charlas y talleres animados por jóvenes líderes; en marzo se hizo un panel sobre el acto legislativo y se estableció una comunicación permanente sobre el tema. De tal suerte, el estudio de la Constitución Política, la consulta de la Asociación Distrital de Educadores (ADE), las asambleas masivas, la reunión de los consejos estudiantiles y su desbordamiento en nuevas formas organizativas de cara a la protesta, dieron como resultado una movilización con una poderosa conciencia de sí misma y de lo que pretendía.

Reto juvenil

El proceso no pasó sólo por la escuela o el colegio sino que se reprodujo en la asamblea masiva, el encuentro cultural y el apoyo en la Asociación Nacional de Estudiantes de Secundaria (Andes) y en el Consejo Nacional Superior Estudiantil de Colombia (Consec), dos sectores organizados con anterioridad, que estuvieron al frente de la motivación y promoción de la participación. Como de cía uno de los dirigentes: "Aunque no somos académicos, no somos tontos y sabemos que al reducir las transferencias se va a reducir el presupuesto a la educación, así como que el Estado se está evadiendo de su responsabilidad social. El reto en el que estamos es salvar la educación pública".

La movilización fue multitudinaria y la protesta contundente. Su fuerza desató la consabida represión. La fuerza pública hizo detenciones arbitrarias, utilizó tanquetas con chorros de agua a presión en el intento de dispersar a los manifestantes, lanzó gases lacrimógenos y golpeó con bolillo, llegando a emplear hasta armas con balines para intimidarlos. Los estudiantes también denunciaron medidas represivas de las autoridades escolares como memorandos intimidatorios, insinuaciones y amenazas de expulsión. La Alcaldía de Bogotá planteó aplicar el Código de Policía y algunos detenidos fueron enviados a Bienestar Familiar o a centros de rehabilitación. De igual manera se amenazó con adelantar las vacaciones de mitad de año a fin de desmovilizar el alma de la protesta, los jóvenes. En algunos colegios se suprimieron las emisoras estudiantiles, aunque en otras se convirtieron en instrumento de la movilización. Los centros administrativos de educación local (Cadel) mantuvieron una presión permanente sobre las directivas de los colegios para que cumplieran con la normalidad académica. La Alcaldía Mayor y la Secretaría de Educación dirigían las medidas.

Como ha sucedido desde tiempos inmemoriales, la protesta fue condenada como simple expresión de fuerzas oscuras interesadas en desarticular la Nación. Toda expresión autónoma de sindicatos, organizaciones campesinas, movimientos indígenas o cualquier fuerza política o social, se recluye en la lectura simple, pero peligrosa, porque criminaliza, de ser nada más que títere de fuerzas a la sombra. En el caso, con mayor razón. ¿Cómo admitir que jóvenes y niños pudieran hacer despliegue de tal fuerza organizada? El alcalde amenazaba con castigar a los padres de los muchachos retenidos en el intento vano de desconocer el protagonismo juvenil. Un dirigente lo dijo: "El sistema educativo no resiste que pensemos por nosotros mismos. Les es muy extraño ver a niños desde los ocho años gritando en contra de la privatización de la educación. Pero es que en los más jóvenes hay mayor indignación porque saben que las políticas de privatización los afecta directamente, porque muchos de ellos ya no podrán graduarse. Se les niega una posibilidad de futuro".

Nuevos símbolos

Los jóvenes escolares descubrieron su poder. No sólo desafiaron a las autoridades de sus establecimientos educativos sino que retaron el Estado confrontando el orden social, sus reglas de funcionamiento y sus formas de dominio. Emplearon la estrategia convencional de la toma y el bloqueo público, pero en su desarrollo introdujeron toda suerte de símbolos nuevos ligados al cántico en remplazo de la consigna; la nube en vez del desplazamiento en filas; la ronda, el salto y la estampida a cambio de la rígida marcha; el color, la pintura y la máscara en sustituto de la frialdad del rostro. Era la fiesta y la risa confrontando la rudeza del casco y el escudo, era la lúdica contra la rigidez y el silencio. Las estratagemas de la barra y la música se hicieron presentes.

¿Son evidencias de un nuevo momento? Unos inesperados actores hacen su presencia animados por los signos de una nueva época que asoma en medio de un país desgarrado por la muerte y la guerra. Es un conflicto construido en torno a renovadas demandas y protagonizado por actores de nuevo cuño. Los jóvenes tienen ahora palabra y presencia, las jornadas lo demuestran. Se abre un camino. Bastante habrá que andar a fin de armar un actor capaz de prolongar su voz en una esfera pública con muestras de transformarse, pero atada todavía a los muchos amos de la guerra. La protesta de los jóvenes fue un acto de vitalidad, un grito contra la deshumanización y la muerte.

Suspendido el paro, los jóvenes estudiantes tienen que plantearse procesos autónomos de organización y formación correspondientes a las actuales condiciones del país. El Gobierno colombiano legisla sobre los jóvenes. La Constitución del 91 y la Ley de la Juventud promulgan a los cuatro vientos la importancia de su participación en los asuntos que les conciernen. Se les da por fin reconocimiento de sujetos sociales y políticos, se les otorga derecho a la libertad de conciencia y al libre desarrollo de su personalidad. Pero una vez que se toman el llamado y participan, cuando piensan y actúan por su propia cuenta, son inmediatamente tildados de revoltosos sin causa o de obligados engañados por profesores y adultos. Los jóvenes tienen la palabra.

* Comunicador Social, promotor de Com-posición Juvenil, Oficina para la Defensa de los Derechos Jóvenes, Fundac.