Apoyar el TLC sería un suicidio político

Por: Horacio Serpa

El comercio internacional es muy importante. Para los países son de trascendencia los llamados Tratados de Libre Comercio. Para alcanzarlos hay que negociar, y en esas transacciones se ponen en juego los intereses de cada nación, de empresarios, trabajadores y la sociedad entera. De ahí que a un Estado le va bien o mal, según la negociación que haga.


Es como en todo. Por eso se dice que “cada quien habla de la feria, según le vaya en ella”. Según los intereses de cada quien, digo yo, aplicado el concepto al TLC suscrito por el gobierno colombiano con el Presidente Bush.

En nuestro país hay empresarios insistiendo en que les fue bien y otros están demostrando que les fue bastante mal. Los trabajadores alegan con razón que les fue peor. Los voceros del Presidente Uribe aseguran que la transacción fue favorable, pero proponen subsidios para los damnificados. Grandes reservas y cuestionamientos existen sobre agricultura, avicultura, medicamentos, cultura, medio ambiente y propiedad intelectual, entre otros aspectos.

En Estados Unidos hay reparos de los poderosos sindicatos, preocupados porque con cada negociación se lesiona la producción interna y se afectan el empleo y las políticas salariales. Y los congresistas demócratas tienen observaciones sobre Colombia en materia de derechos humanos, medio ambiente y cumplimiento de las obligaciones laborales, y por eso la aprobación en el Congreso de los Estados Unidos no está asegurada.


En el Congreso colombiano hay una enorme mayoría gubernamental, pero aún en las filas del gobierno hay reparos, cuestionamientos y reticencias. El Polo Democrático está definitivamente en contra. Y el Partido Liberal, inexplicablemente, aún no ha tomado ninguna determinación. Debe hacerlo y pronto. Pero no tanto como para despachar un asunto de tanta trascendencia en dos semanas, cuando precisamente de hoy en quince días se reúne el Congreso Liberal en Medellín, la máxima instancia de la colectividad.


A estas alturas, el TLC se volvió competencia del Congreso Liberal. Allí van a estar representadas todas las vocerías regionales, generacionales, políticas y de género. Y siendo un asunto tan importante para el país, la más alta autoridad del Partido debe asumir la posición oficial frente al TLC.


¿Tal como fue firmado le sirve al país? Definitivamente no. La forma como se negoció dejó muchas dudas y la sensación de una entrega de nuestra soberanía. No era un compromiso fácil, lo entiendo. La economía estadounidense es 150 veces más grande que la nuestra, y sus negociadores tienen una experiencia enorme. Muchos expertos internacionales lo han dicho con claridad, entre ellos el señor Stiglitz, premio Nóbel de Economía, y el Presidente de la Organización Mundial de Comercio, quienes aseguran que en esas transacciones llevan las de perder los países en desarrollo. Hasta el Presidente Clinton nos recomendó no apurarnos.


¿Qué hacer entonces? Lo he repetido hasta la saciedad: reclamar con vehemencia la ampliación del ATPADEA que es un tratado sobre aspectos comerciales, pero de naturaleza política. Por virtud de dicho convenio, que es una compensación de los Estados Unidos a los países Andinos por la lucha contra el narcotráfico, 6.000 productos colombianos pueden entrar en esa gran nación sin pagar arancel. Su vigencia nos permitirá negociar un nuevo TLC en mejores condiciones.


El Partido Liberal tiene una gran responsabilidad con el país, porque ha sido el abanderado de las causas rurales y campesinas, de la convivencia y de la lucha por los derechos de los trabajadores y tiene en su ideario la defensa del medio ambiente y la salud para todos.


El Congreso Liberal debe ordenarles a sus congresistas que no aprueben el TLC, para que se abra la posibilidad de una nueva negociación. Eso es lo que nos conviene. Apoyar el TLC tal y como está sería un suicidio político y un acto contrario al sentir de las mayorías liberales. Eso no nos lo perdonaría la historia. Ni el pueblo.


Bogotà D.C., 13 de Abril, 2007