Cooperativismo con disfraz de oveja

“Un 21 de Diciembre de 1844, en Rochdale, 28 trabajadores, en su mayoría tejedores, con un capital de una libra por accionista crean la "Rochdale Society of Equitable Pioneers". Este grupo de obreros con plena conciencia de cuáles eran sus necesidades, comprobando la imposibilidad de nivelar los gastos con el monto de sus salarios, decide darle valor a sus ingresos defendiéndolos con una organización común. Para ello crean con sus propios medios un almacén cooperativo, que les permite suprimir intermediarios, logrando de esta manera abaratar sus consumos esenciales”.*

Así comenzaron papá y mamá, dice la canción chistosa y así reza la historia en Inglaterra. Unos míseros obreros que apenas ganaban el mínimo, reunieron sus pobrezas para aumentar su monto y con el tiempo ganar con el esfuerzo de todos. Desde entonces esta linda filosofía sin padres conocidos es menos que un paria, porque los que no nacieron banqueros, no figuran en iglesias ni en museos y, ni siquiera en mausoleos. Las buenas intenciones sólo llenan el infierno, decíamos en el convento. Aunque en algunas partes la semilla ha dado excelentes retoños.

El cooperativismo en Colombia no creció como la coca. No es una planta con suerte. Había de consumo, agrarias, de educación, multiactivas y hasta de ahorro. El período de bonanza de los 60s hasta los 80 fue un relámpago fugaz. Los bancos dieron al traste con ellas. En fin, el niño nació muerto porque era pobre. Pero de las experiencias salen sabias lecciones. El pobre debe arrimarse a buena sombra y no quedarse debajo de su propio alero o juntarse con sus pares.

Tras los fatuos fuegos de las cooperativas, nacieron los codiciosos fondos y luego las bolsas de empleo. Y siguieron cayendo incautos.

Hoy han nacido los nietos de los ignotos de Rochdale. Han tomado el noble nombre de Cooperativas de Trabajo Asociado, pero han pedido a otros nobles que los adopten y llenen su panza. Ya no es unir hombro con hombro el obrero, sino el vivo con el gran empresario y así medrar con el dinero del obrero. Así el gerente y el dueño nunca verán cara a cara a quien debe trabajarle para que aumente su renta y su fábrica y se libre de reclamos incómodos. Se verán con una simple secretaria que les hará un contrato leonino aceptando impunemente cada roto en sus zapatos viejos. Aquí nadie responde por nadie y el presupuesto sólo subirá cada año por decreto del gobierno. Se toma o se deja, no hay derecho a pataleo y el hambre siempre tendrá cara de perro que sale con cola gacha. El idealismo de los 28 obreros los disfruta hoy el empresario. ¡Vaya paradoja!

El trabajador colombiano no hace parte de la democracia. Para él no hay seguridad laboral, ni seguridad para su salud ni a las medicinas, ni seguridad en los accidentes de trabajo. Los empleadores o patronos hasta el siglo pasado se preocupaban de quienes le ayudaban a ganar en su empresa y se solidarizaban en su enfermedad y en sus calamidades familiares. La sensibilidad social y cristiana se acabó en esta sociedad tan pacata, pero tan arrodillada a su estómago.

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
leoquevedom@hotmail.com