El discurso de Chicago (I), William Ospina

El Espectador

Colombia Plural/Inestco

POR SU JUVENTUD, SU CONDICIÓN de mulato, su reciente aparición en el escenario de la política y la claridad de su crítica a la administración Bush, hubo muchas dudas acerca de si el sistema político permitiría que Barack Obama llegara a la presidencia de los Estados Unidos. Existía, además, el precedente de la desastrosa elección de Bush y la derrota de Al Gore en las elecciones del año 2000, que tantas sombras dejaron sobre el sistema electoral norteamericano.

 

Es esa la razón por la cual el presidente Obama ha comenzado su discurso en la noche grande de Illinois hablando de cómo su triunfo disipa las dudas que flotaban sobre la democracia de su país y de cómo la respuesta a esas dudas ha sido la participación masiva de los electores.

Obama ha hecho en seguida declaración expresa de sus convicciones liberales, mencionando en condiciones de igualdad a los distintos sectores de la sociedad. Una estudiada convocatoria incluyente: "Jóvenes y ancianos, demócratas y republicanos, negros, blancos, hispanos, asiáticos y nativos, homosexuales y heterosexuales, discapacitados o no discapacitados". Sabe que la prioridad del momento es la unidad de la nación y la derrota "del escepticismo, el temor y la duda" que ayer dominaban a la sociedad. Y no hay mejor preámbulo de ese llamado a la unidad que la mención generosa de su contendor derrotado, John McCain, a cuya campaña agresiva y virulenta quiere responder mencionándolo como un ejemplo de valor y de abnegación, y llamándolo a colaborar en el proceso de reconstrucción.

Saluda a Joe Biden, su compañero de fórmula, con quien puede hablar de todas las cosas; de Michelle Obama, que es en este orden preciso su mejor amiga, el amor de su vida y su compañera en la escena política; a sus hijas Sasha y Malia procura ofrecerles una vida normal ante los desafíos de la agenda pública, prometiéndoles tener una mascota en su nueva casa; a sus hermanos les expresa su gratitud, menciona con nostalgia a su abuela que acaba de morir, y rápidamente abandona el aspecto privado y familiar de la celebración para volver al tono de liderazgo político y pronunciar ante la multitud una frase que volverá a lo largo de todo el discurso: la victoria es vuestra.

No ha sido una campaña orientada por los grandes directorios ni diseñada desde los pasillos de Washington, sino fraguada en la penumbra de los pueblos y de los barrios "en los jardines traseros de Des Moines, en los cuartos de estar de Concord y en los porches de Charleston". Es su manera de decir que al rechazar el esquema de financiación oficial de la campaña estaba optando por el compromiso de la gente, de los trabajadores aportando sus ahorros, de los jóvenes que trabajaron más por convicción que por retribución económica, de los voluntarios que fueron de casa en casa llamando a la participación. Su método tan exitoso de recaudación de fondos se revela entonces como una clara estrategia política.

Ha sido evidente la participación de la juventud en este proceso, y se hizo visible incluso en la noche de Chicago, cuando pudimos ver los rostros conmovidos de tantos jóvenes que no acababan de creer que lo habían logrado. Obama acuña una frase significativa: estos jóvenes "rechazaron el mito de la apatía de su generación". "Sé que ustedes no lo hicieron por mí —dice a modo de desafío— porque lo que buscamos ganar no eran simplemente unas elecciones; aquí está la tarea, los retos de mañana por la mañana", a los que llama, con razón, "los mayores desafíos de nuestra vida": "Dos guerras, un planeta en peligro, la peor crisis financiera en un siglo".

Esa enumeración es una tácita mención del Partido Demócrata, que asumió desde temprano la crítica del guerrerismo de Bush, y emprendió con Al Gore la denuncia del calentamiento global, antes de que al propio Obama le tocara enfrentar la enormidad de la crisis financiera. Aquí comienza la verdadera enumeración de sus propósitos: cómo devolver a sus casas a los jóvenes que despiertan cada día "en los desiertos de Irak y en las montañas de Afganistán", cómo ayudar a los ciudadanos que no logran saldar sus hipotecas, pagar sus facturas médicas, ahorrar para la educación de sus hijos.

La promesa de investigar en nuevas formas de energía, crear nuevos empleos, impulsar la educación, responder a los peligros del terrorismo y corregir la pérdida de liderazgo de los Estados Unidos en el mundo viene en la siguiente parte de su discurso: "Tenemos nueva energía que aprovechar, puestos de trabajo que crear, nuevas escuelas que construir, amenazas que contestar y alianzas que reparar", y para ello es preciso obrar como una nación solidaria. "Nosotros, como pueblo, lo alcanzaremos". En este momento, el discurso contra el escepticismo es interrumpido por el grito de la multitud: "Sí podemos".

El discurso de Obama ha sido una pieza maestra de oratoria política, diecisiete minutos de una eficacia verbal extraordinaria, con la dicción impecable, la serenidad ejemplar y la fuerza de carácter indiscutible de un hombre que sabe que está hablando no sólo desde el orgullo de un individuo, sino desde el dolor de una raza, desde la frustración de un pueblo y con la firmeza de alguien que sabe que su deber es dar ejemplo de moderación, de equilibrio y de firmeza. Hace mucho tiempo un líder no le hablaba así a su pueblo en ningún lugar de Occidente, y no es poca cosa ser testigos de un hecho como este precisamente en la nación más poderosa del mundo y en el momento más peligroso de su historia.