Entre JOG y Lina, Luis Eduardo Garzón, Lucho sin rodeos

NO HAY NINGUNA DUDA SOBRE LOS éxitos militares y políticos de la seguridad democrática. La reducción del secuestro, de los homicidios y de la extorsión así lo confirma. Es más, sería mezquino no admitir que si bien el proceso con los paramilitares no ha producido reparación y justicia, sí ha creado condiciones para conocer verdades que, aunque a medias, han permitido lo inimaginable: que comparezcan militares y políticos como corresponsables de tantos delitos de lesa humanidad.

Pero la soberbia del Gobierno por cuenta de esta política triunfante puede terminar convirtiéndose en su principal enemigo. La obsesión del presidente Uribe por volver al pasado va a permitir que lo logrado militarmente frente a las Farc se pierda políticamente. La Constitución del 91 fue el golpe contrainsurgente más contundente que se le había propinado a la guerrilla. Les quitó el discurso. Acabó con la figura del estado de sitio, reafirmó la descentralización que ya había avanzado con la elección popular de alcaldes y despolitizó la justicia. Hoy, cuando desde el Palacio de Nariño se añora a los ex presidentes Valencia y Turbay Ayala, lo único que se replica es la imagen de los gobiernos que le dieron inicio a las Farc en 1964 y a la escalada de violación de derechos humanos más implacable que se recuerde en la historia colombiana. Quienes fuimos víctimas del Cantón Norte sabemos qué implicaciones tiene la teoría del mal recordado coronel Ñungo, quien sostenía que prefería detener ocho inocentes a exonerar dos culpables. Hoy, cuando el grafiti ha dejado de ser judicializado, me temo que regresemos a ese escenario y estemos entrando nuevamente a los estados de excepción.

En materia de descentralización sí que estamos perdiendo cada día más vigencia.  Por la vía económica, reduciendo cada vez más las transferencias, y por la política,  los consejos comunitarios terminaron quitándoles toda responsabilidad de gestión a los alcaldes.

Y en cuanto a la justicia, el Consejo de la Adjudicatura en su sala disciplinaria ya hace parte de la coalición política del Gobierno. Buena parte de la Corte Constitucional cada vez depende más de la subsala de la oficina jurídica del Presidente, y los órganos de control, con la nueva reforma, terminarán siendo asesores de los directorios políticos del entarimado gubernamental.

Hoy el debate en la izquierda colombiana es ése, el de las libertades. Estamos los que sostenemos que ésta es una democracia restringida, pero democracia al fin y al cabo, que permite que personas como yo aún podamos desde escribir columnas como ésta hasta ejercer las funciones de alcalde con plenas garantías por parte del Gobierno Nacional, y, por otro lado, están los que consideran a Álvaro Uribe como un déspota, autoritario e incluso con rasgos fascistas que terminan justificando no sólo la capucha sino también al armado ilegal.

A éstos últimos, todos los días, les da más insumos nuestro querido JOG, José Obdulio Gaviria. No sólo graduando enemigos por doquier sino conspirando contra quienes su único pecado es ejercer un control judicial y político en defensa de la institucionalidad. Afortunadamente, en medio de la laberintitis que sufre el doctor Uribe, en el otro oído, no en el siniestro, está Lina, cuya única conspiración en estos seis años ha sido recomendarle a su esposo que lo único terrenal con que cuenta él, es con ella y con sus hijos. Yo exhortaría a Lina para que le recomendara al doctor Uribe descanso durante los ataques de la oposición y evitar las luces brillantes que encandilan, impidiendo ver el camino. Ésa sería una buena receta para combatir la enfermedad que produce pérdida de audición y de equilibrio. Ése es el dilema, JOG, como principal retroalimentador de la guerrilla y de una izquierda radical, o Lina, como punto de encuentro de la democracia.

Luis Eduardo Garzón