La mentira neoliberal

23/07/2019 / Claudio Scalet “La emisión genera inflación”:

el discurso mendaz

del neoliberalismo

No es una estupidez menor. En materia económica, es la madre de todas las estupideces

del Editor

Este tema lo hemos traído a estas páginas varias veces en artículos de nuestro asiduo internauta, Mauricio Rivadeneira, director de ‘Herejía económica’, el portal que hace años denuncia la manipulación del dinero en favor del sistema financiero, denuncia que, al mismo tiempo, es olímpicamente desechada por la academia y engavetada por los medios de comunicación.

Es pertinente insistir en el “juego sucio” del neoliberalismo, convertido en la dictadura económica más nefasta en la historia del capitalismo, tanto que, hasta pontífices del tamaño de Fukuyama y “su fin de la historia” vienen de regreso en la teoría que contribuyó a afianzar la hegemonía del “Consenso de Washington” en el mundo Occidental.

Este análisis de Scaletta es proyectado desde el caso de la Argentina de Macri y su estruendoso fracaso económico.

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A “la emisión genera inflación”

le sigue

“no se puede gastar más de lo que se recauda”.

La estabilidad sólo aparente de la macroeconomía es el producto exclusivo de la decisión estadounidense de sostener la continuidad del aliado sureño Mauricio Macri. La afirmación no es novedad, lo llamativo es que en medio de una economía derrumbada, el discurso oficialista presente la realidad del sostenimiento agónico y carísimo del precio del dólar como si fuese un verdadero éxito, tanto del manejo de la política económica interna como de las relaciones internacionales… Pero lo más notable todavía, y este es uno de los temas de este artículo, es que haya conciudadanos que se lo crean, un indicativo de que a la gente no le interesa mucho entender lo que realmente sucede con la economía.

No es una crítica, no está ni bien ni mal que muchos no sepan de economía. Nadie tiene la obligación de saber todo sobre todas las ciencias. Quien escribe, por ejemplo, sabe poco de biología, entre otras tantas ignorancias. Sin embargo, con la economía pasa algo especial: todos creen poder opinar desinformadamente, como no lo hacen con otros saberes.

Como primera referencia de este seudosaber popular de economía, aparecen los medios de comunicación en la colonización de la subjetividad. Es un hecho que las afirmaciones del público remiten invariablemente a las muletillas grabadas a fuego por miles de horas de exposición a los medios. Sin embargo, debe notarse que los medios no le trasmiten al conjunto de la población axiomas de biología o de física, pero sí de economía. Es mucho más probable que el ciudadano común sepa que “la emisión genera inflación” y no el contenido simple de la primera ley de la termodinámica:“en la naturaleza nada se gana ni se pierde, todo se transforma”. Y por supuesto también es probable que sepa fundamentar, aunque sea malamente, el primer axioma y no la ley.

Las causas del fenómeno remiten no al contenido de la economía como ciencia, sino a su función al interior de la sociedad. La economía es efectivamente una ciencia, tiene leyes que explican las relaciones causa - efecto de los fenómenos que son su objeto de estudio, pero funciona como un discurso de legitimación de las relaciones de poder. Lo que se conoce como “economista profesional” no es un científico, sino un ideólogo. El lector puede notar rápidamente que esta clase de economistas siempre, al final del camino, proponen las mismas cosas: bajar salarios, reducir impuestos, eliminar regulaciones, contraer el tamaño del Estado. También que estas propuestas benefician a quienes financian las consultoras, bancos y centros de estudio en los que laboran. La tarea clave del economista como ideólogo, entonces, consiste en vender las propuestas de política que benefician a un sector o a una clase social como si representasen el interés del conjunto de la sociedad. También hacer creer que sus argumentos no son ideología, sino que se basan en la ciencia.

Regresando al funcionamiento del axioma favorito, esta semana en un programa de TV preguntaron al entrevistado, “por qué si la emisión no genera inflación directamente no se financia al Estado por la vía de la emisión y listo”. La pregunta, además del intento de llevar la discusión al absurdo, buscaba que el candidato se enredara explicando cuestiones que van en contra del sentido común construido. La respuesta era relativamente simple, aunque no para el contexto de un programa televisivo. Lo primero que debe decirse es que si el Estado no cobrase impuestos el dinero emitido no sería aceptado. El dinero tiene demanda, es aceptado, porque se necesita para pagar impuestos. Un ejemplo cercano para los argentinos fueron los patacones bonaerenses (letras de Tesorería para cancelación de obligaciones), que a diferencia de otras cuasi monedas provinciales eran aceptados para pagar impuestos nacionales y en consecuencia lograron circulación nacional. La emisión sin respaldo alguno de patacones no generó tampoco inflación alguna, sólo evitó una caída mayor de la economía.

Pero el proceso comienza un paso antes, si el Estado no gasta, no hay dinero. Su capacidad de gastar y de crear su propio instrumento para hacerlo es lo que define su poder de movilizar recursos sociales, de crear mercado. El dinero es un activo para quien lo posee, pero un pasivo público. Si se extiende el razonamiento se comprende que el déficit público siempre es superávit privado y viceversa. Cuando el Estado crea dinero impulsa la demanda y aumenta la producción. La única restricción aparece sobre el aumento de la demanda de bienes que no se producen internamente. Dicho de manera rápida, el aumento de la demanda expande la producción hasta que aparece la restricción externa, el verdadero problema que desestabiliza la macroeconomía, pero mejor no abrir también esa puerta. El cobro de impuestos define otra cosa: sobre quiénes recae el peso del sostenimiento del Estado. Pero no debe olvidarse que el déficit público, al expandir la demanda y la producción, también crea las fuentes de la recaudación futura.

El axioma de que la emisión genera inflación no sólo no resiste el menor análisis teórico, sino que ya fue refutado empíricamente, por ejemplo, en el presente: un esquema de crecimiento cero de la base monetaria funciona con una inflación anual de más de 50 puntos. Y esto sin sumar el problema de la “emisión” de dinero bancario, por ejemplo y entre otros, el que crea “la pareja del Galicia” (famosa publicidad del Banco Galicia) cuando pasa la tarjeta.

¿Por qué la importancia entonces de grabar el axioma en el inconsciente de las mayorías? Porque se trata de una idea base para la legitimación del capitalismo en su modo neoliberal o salvaje. A “la emisión genera inflación” le sigue “no se puede gastar más de lo que se recauda”. Es el punto de partida para el círculo vicioso entre recesiones y destrucción de las funciones del Estado, el enemigo a vencer. Pero el razonamiento puede ser todavía más destructivo y servir de base para la reconstrucción de la dependencia. Se puede decir que la única manera de gastar más de lo que se recauda es, en vez de emitir, tomar deuda en moneda extranjera para transformarla luego en dinero propio, un artificio brillante. Este fue el argumento del “gradualismo” que justificó el endeudamiento desaforado del macrismo y que terminó con la economía local conducida por el FMI.

La “emisión genera inflación” no es una zoncera menor. En materia económica es, como diría Jauretche, “la madre de todas las zonceras”.

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