Niños traviesos, sobre el paro del magisterio (2001)

Por Álvaro Delgado Especial para U.N. Periódico (Julio 15 de 2001,#24). Investigador del Centro de Investigación en Educación Popular, Cinep.

El último paro nacional del magisterio ha dado pie para que autoridades y comentaristas de prensa censuren la participación de colegiales menores de edad en las marchas de los educadores. Ellos no tienen todavía capacidad discursiva, alegan; no pueden entender la naturaleza de la protesta docente, son desinformados y manipulados por los maestros, y encima de eso se exponen a ser víctimas de la violencia callejera.

Hemos hecho las averiguaciones del caso y la semblanza que se nos ofrece no coincide enteramente con las apreciaciones oficiales. En primer lugar, las huelgas magisteriales de los últimos tiempos no han sido ejemplo de unanimidad. Sólo una buena parte del gremio hace realmente cese de labores, porque el Gobierno -a diferencia de épocas pasadas- está ejecutando los descuentos salariales de ley a quienes incurren en el cese. En el último paro, en no pocos colegios bogotanos fueron los estudiantes quienes presionaron a sus profesores para que abandonaran las aulas y participaran en las marchas. Los reunieron y les dieron una lección de solidaridad con los niños que irían a quedar sin cupo en las escuelas y los enfermos para quienes no habría cama en el hospital.

Padres de familia y estudiantes -y no únicamente docentes- estuvieron presentes en el cierre de los accesos escolares. En los bloqueos de vías públicas se destacaron los escolares. Todos no eran menores de edad, y quienes lo eran estuvieron acompañados de sus padres. Por lo demás, ¿será cierto que una persona de 15 a 18 años de edad no puede comprender si un gobierno aumenta o rebaja los presupuestos para las escuelas y los hospitales? ¿Los niños que llevan a desfilar en actos oficiales saben distinguir los rasgos de la corrupción en las caras de los gobernadores y coroneles homenajeados? ¿Los millones de niños de siete años que hacen la primera comunión conocen la historia de las religiones?.

La reaparición de la juventud en las luchas de los trabajadores colombianos no puede ser motivo de estupor sino de esperanza. Que en vez de aficionarse a las drogas busquen identidad social y quieran respuestas veraces no puede atemorizar a nadie. Al contrario, el fenómeno debería suscitar la reflexión de empleadores y empleados. Gobiernos y sindicatos se equivocan si creen que el apoyo de la juventud a las protestas de los mayores es incondicional.

En la huelga que nos ocupa, tanto el Gobierno como Fecode jugaron con cartas marcadas. El primero se negó a reconocer que el ahorro que busca en el monto de las transferencias territoriales es parte del compromiso con el capital internacional para marginar al Estado de los servicios de educación y salud pública y "sanear" las finanzas públicas por el camino de las privatizaciones. Fecode, por su parte, no se atreve a decirle al país que su preocupación fundamental estriba en defender los ingresos salariales de los educadores y los privilegios convencionales de que goza el sindicato más poderoso del país.

El magisterio colombiano ha librado siempre una lucha fundamentalmente económica, reivindicatoria antes que política. El educador común y corriente defiende la escuela pública no porque sea mejor o peor que la privada, sino porque le ofrece mejores condiciones laborales y prestacionales. Y no son pocos los líderes docentes que echan discursos de plaza, pero mantienen a sus hijos en colegios privados. Los maestros no están presentes sino en "sus" luchas. Por eso ellas no trascienden en el pensamiento de los educandos ni en general en la vida del país. En la batalla que libra desde mediados de los años 90 en defensa de la educación pública, el magisterio retrocede en vez de avanzar. En el debate sobre la cada vez más pobre calidad de la educación colombiana -cuando pudo presentar una propuesta generosa que fuera más allá de la defensa de la estabilidad en el cargo- prefirió salir airoso arrastrando el 40% de baja calidad de la enseñanza que Fecode acepta soportar.

El Acto Legislativo Nº 012 fue aprobado con modificaciones evidentemente introducidas bajo la presión de una huelga de 26 jornadas hábiles, pero Fecode no logró concitar la solidaridad de la opinión pública nacional. Por eso es claro que si el sindicato intenta con toda legitimidad ampliar el apoyo de padres y alumnos, está obligado a abandonar las posiciones gremialistas y encontrar los puntos de identificación con las aspiraciones de la juventud a la ciencia y la cultura contemporáneas. Que el sindicato haya logrado poner de su lado a más de 40 congresistas es un suceso admirable que deja traslucir el pensamiento innovador y la seducción personal de su presidenta, Gloria Inés Ramírez.

Las nuevas expresiones de descontento de los niños y los adolescentes no pueden tampoco extrañar a los círculos gobernantes. ¡Que no se hagan los locos! Miren al fondo de las barriadas y los hogares. Piensen en la espantable violencia intrafamiliar que se vive en las ciudades. De ahí salen los muchachos que se sumen en el abandono y el vicio o que -menos mal- amenazan con garrotes en las manifestaciones públicas. En un hogar del suroriente de Bogotá viven dos niños hermanos que se turnan cada día para ir en bus a la escuela porque sus padres no tienen cómo pagarles el pasaje a los dos. En otra concentración escolar la jornada del sábado, que no es obligatoria, es la de mayor asistencia de los muchachos, sólo por una razón: porque la escuela les sirve un refrigerio. En Bogotá, niños y jóvenes hacen todos los días largos viajes a pie y asisten a clase con los estómagos vacíos, porque quieren aprender algo que les permita sobrevivir en la sociedad de la exclusión social que han ideado las transnacionales. Nadie está más expuesto que ellos a los peligros de perecer en el intento.