Noviembre: Mes emblemático en las luchas de las mujeres. El caso colombiano

Si se hace un balance de las ganancias históricas de las mujeres en Colombia, es evidente que la Carta Política de 1991 ofrece importantes herramientas desde la legislación a favor del empoderamiento y visibilización de las mujeres en diversos espacios sociales. No obstante, la apropiación, conocimiento y uso de dicha legislación no es efectiva, así como los avances en el terreno cultural para que las mujeres tengan espacios efectivos de participación, decisión y construcción de nuevas formas de ver y de ser en el mundo.
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Desde 1967, cada 14 de noviembre, tiene lugar el Día Cívico de la Mujer Colombiana, fecha que permite recordar el fusilamiento de Policarpa Salavarrieta ícono femenino del contexto de la independencia. Y desde 1999 cada 25 de noviembre, como homenaje a las Hermanas Mirabal, se establece el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Estas dos fechas hacen de noviembre un mes para hacer balances, analizar ganancias y mostrar los retos que aún constituyen tareas pendientes en las reivindicaciones de las mujeres en el mundo, con una mirada particular en el panorama de América Latina y, en especial, de Colombia.

La herencia machista y patriarcal es producto directo del sistema de creencias impuestas por la tradición religiosa imperante desde La Conquista y La Colonia. Esta herencia tiene un espacio privilegiado de desarrollo, por cuanto constituye la base cultural de organización social desde la familia hasta las instancias de participación política. El tránsito histórico desde el siglo XV hasta el siglo XX trajo consigo innumerables luchas y ganancias de las mujeres en diversos espacios: laborales, sindicales, profesionales, familiares, que no han contado con la difusión que merecen. Esto es lo que hace que se piense que las reivindicaciones de las mujeres, o bien han sido mínimas, o bien se han dado en espacios sociales donde aparentemente no han trascendido; nada más falso: Las luchas y ganancias históricas de las mujeres en esos y otros tantos espacios de la vida han sido enormes, determinantes y se han hecho en contra de las construcciones culturales que, solamente, desde la visión de la productividad mercantil, han incidido en que los roles asignados desde la tradición hayan tenido modificaciones.

No obstante, la cultura machista y patriarcal se mantiene firme. Una cosa es que, el aparato legislativo ofrezca actualmente ciertas garantías para las mujeres, pero otra muy distinta, es que en los discursos y prácticas cotidianas esas reivindicaciones cuenten con el reconocimiento merecido. Los usos del lenguaje incluyente se siguen considerando como un asunto menor; los chistes y comentarios que atribuyen lugares y condiciones hormonales y sexuales al comportamiento, vestuario, actitudes y carácter de las mujeres son reiterados; la atribución de oficios relacionados con el cuidado en inmensa proporción a las mujeres sin obtener reconocimiento alguno por estas labores, siguen siendo la constante; la asignación de mayores responsabilidades en las tareas de planificación familiar está naturalizada; y el desconocimiento y poco interés por la implementación del enfoque de género, inspirado en los alcances en el tema desde la firma del Acuerdo suscrito en La Habana, como política social que atraviese las relaciones laborales, familiares, académicas, sindicales y, en general, todos los espacios culturales, sigue siendo una tarea pendiente en la agenda de las reivindicaciones de las mujeres. El papel lo aguanta todo; incluir una serie de porcentajes que aparentemente garantizan la participación de las mujeres; o tener dos fechas al finales de cada año, además de la tradicional celebración (que debe ser entendida más como un homenaje) de cada 8 de marzo; o contar con difusión mediática de abusos y violaciones a mujeres, no es suficiente hasta tanto el sistema cultural no asuma desde sus fibras más cotidianas y domésticas la apertura de espacios efectivos de vida (léase de oportunidades) para las mujeres.