Otra vez Pisa

Por Francisco Cajiao
 
Cada que se publican resultados internacionales se revuelve el avispero. En la prueba optativa sobre solución de problemas en la cual participamos con otros 43 países quedamos en último lugar. La semana pasada los noticieros y los comentaristas se concentraron en el tema y volvieron a los mismos asuntos: que los gobiernos no se han ocupado de la calidad y que los maestros no tienen la formación requerida.
 
Ambas cosas tienen algo de verdad, pero no explican un problema mucho más complejo. Es como decir que el caos de movilidad de Bogotá se debe al bajo nivel educativo de los conductores de bus y a la mala dirección de la Secretaría de Movilidad. Si se hiciera una reorganización de esa dependencia, se diseñaran las políticas con los mejores expertos y, además, se entrenaran todos los conductores en Londres, seguramente poco cambiaría. La movilidad involucra la cultura ciudadana, la falta de vías, la ausencia de consensos políticos, las prioridades de inversión, el crecimiento del parque automotor y una decena de factores adicionales.
 
En el caso de la calidad educativa, no se puede decir que los gobiernos hayan ignorado el problema. Podría mencionar una veintena de programas importantes y costosos que se han realizado en las dos últimas décadas impulsados por el Ministerio. Se invierten importantes sumas de dinero en formación de maestros (más que en cualquier sector del aparato público), contamos con un número elevado de educadores que tienen especializaciones y maestrías, las entidades territoriales impulsan proyectos de distinto tipo de acuerdo con su imaginación y sus recursos. Pero todos estos esfuerzos no parecen ser eficaces.
 
Y es que cuando uno no sabe bien para dónde va, cualquier camino le sirve. Resolver un problema tan complejo requiere un mapa completo y un análisis cuidadoso de las relaciones entre muchos factores, con el fin de planear y ejecutar acciones y recursos a largo plazo en función de la obtención de resultados previsibles y verificables. Y esto es lo que no suele suceder. Pareciera que cualquier cosa que se haga es buena y se omiten los procesos de evaluación de impacto, sea para validar los programas y darles continuidad o para constatar su incapacidad de transformación y cancelarlos.
 
Para no ir muy lejos, está el debate sobre los colegios en concesión de Bogotá. Más allá de la decisión de continuar con esta modalidad o no, el resultado de quince años de experimentación sigue siendo una caja negra porque la Administración no fue capaz adelantar una evaluación seria y objetiva que diga si este mecanismo ha sido exitoso para los niños y sus familias, que en últimas es lo que cuenta.
 
Ya hay decisiones del Ministerio de Educación que ayudarán, al menos parcialmente, a mejorar la formación de los maestros. Se ha anunciado que habrá nuevas condiciones de exigencia para los registros calificados que soliciten las universidades, incorporando intensificación de las prácticas y participación de maestros activos en la educación básica como profesores de los programas. También se volvió a crear la sala de educación en el Consejo Nacional de Acreditación y es de esperar que en ella participen no solo académicos afamados, sino pedagogos, rectores de colegios, maestros de primaria y secundaria que estén en contacto con la población infantil y juvenil.
 
Seguro estos serán aportes que añadirán valor al sistema, como lo hicieron la misión de los sabios hace 20 años, y el plan decenal de educación, y el movimiento pedagógico, y el programa Ondas, de Colciencias, y el programa Todos a Aprender, y De Cero a Siempre, y la modernización de las secretarías de Educación, y las diversas formas de ciudad educadora... Inventar el mundo en cada administración, dejando atrás lecciones aprendidas, no resulta eficaz para mejorar la calidad.
 
Francisco Cajiao