
A las 2: 45 de la tarde del 11 de marzo pasado, se estremeció Gaia y, casi de inmediato, un tsunami se abalanzó sobre buena parte de la costa de la tierra del sol naciente: “Una ola monstruosa que venía de los abismos del agua iba barriendo y arrasando los litorales japoneses y convirtiendo en escombros las ciudades, estrellando los barcos contra los puentes, arrancando las casas como trozos de papel, moliendo en su trituradora automóviles, bosques, barrios, piedras, metales, máquinas y seres humanos”. Las imágenes, que se conocían de inmediato, sacudieron también a la humanidad entera, testigo inerme de una especie de catástrofe planetaria.