Tildes sobre las íes

Dos textos:

TILDES SOBRE ÍES. *

*Por: Marcelo Torres. *

 

Lo publicado de Mosquera conserva su poderosa claridad, y el peso irrefutable de la historia reciente. La de Colombia, de Latinoamérica y del mundo.

En efecto: ninguna lucha insurrecional o guerra puede ostentar el sello de justa y popular si su elemento central no lo constituye la movilización del pueblo a librarla.

Precisamente esa tesis, esa ausencia de una decisión de nuestro pueblo a emprender y sostener el levantamiento armado contra sus opresores con posterioridad al Frente Nacional, explica que, sin excepción, todas las temerarias confrontaciones armadas en este período contemporáneo hayan fracasado en su intento de tomar el poder por esa vía.

Esa tesis sigue ahí, invicta, y muy aleccionadora hacia el inmediato futuro.           

Otra cosa es que los propietarios de El Tiempo quieran sacar sus castañas del fuego con verdades ajenas.

No es la primera vez que el vano intento discurre. Trató de hacerlo el uribismo y arribó a un fiasco con algunos retazos extraviados de nuestra

 corriente histórica en Antioquia.

Los discípulos de Mosquera debemos entonces poner las necesarias tildes sobre tan erráticas íes.

Se quiere utilizar, zorrunamente, la insuperada síntesis de Mosquera, aprovechando el descabellado y execrable acto terrorista reciente en pro de la política hoy imperante en Colombia, para validar la represión, el desmantelamiento de los acuerdos de paz y su implementación, el pleno retorno de la violencia contra el pueblo, la persecución de la izquierda y los sectores democráticos, y el predominio de un clima ideológico oscurantista y regresivo.

Y asimismo para desviar la atención del país de los asuntos verdaderamente candentes que tiene en aprietos a los intereses de magnates y poderosos.

A saber: los nexos del mayor capital financiero con el escándalo Odebrecth, el juicio público que se le adelanta al Fiscal, el descontento generalizado con la política económica y las acciones oficiales contra los haberes públicos, y la alarma creciente por las fallas de Hidrohituango.

Que las tesis de Mosquera nos hayan servido para esgrimirlas frente a tácticas insurreccionales desastrosas, no significa que ahora, sacadas de su contexto histórico, consintamos que la extrema derecha se sirva de ellas para sus fines.

La propaganda, las lágrimas de cocodrilo y las acciones mancomunadas de los reyes de las finanzas, la ultraderecha y del gobierno, se enfilan hoy contra la paz, las libertades democráticas, el Estado de derecho y la justa protesta social y ciudadana. No mastiquemos el anzuelo.

_La Picota, 19 de enero de 2019._

http://www.renovacionmagisterial.org/portada/sites/default/files/adjuntos/2019/01/20/TILDES%20SOBRE%20%C3%8DES.docx

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"Problema social e insurreccional" por: Francisco Mosquera 1988.

tomado de:

https://m.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-1579726

Archivo

PROBLEMA SOCIAL E INSURRECCIÓN

Como contribución al debate sobre el conflicto armado, son oportunos estos apartes del artículo de Francisco Mosquera, fundador y máximo dirigente del MOIR, publicado en diciembre de 1988, A manera de mensaje de año nuevo, con su argumentación contra el terrorismo y por la civilización de la contienda política, asunto que fue importante en su pensamiento como sus aportes en el terreno histórico y que aparecen plasmados en su carta de homenaje a Germán Arciniegas.

Por: Francisco Mosquera

15 de agosto 2004, 12:00 a.m.

Como contribución al debate sobre el conflicto armado, son oportunos estos apartes del artículo de Francisco Mosquera, fundador y máximo dirigente del MOIR, publicado en diciembre de 1988, A manera de mensaje de año nuevo, con su argumentación contra el terrorismo y por la civilización de la contienda política, asunto que fue importante en su pensamiento como sus aportes en el terreno histórico y que aparecen plasmados en su carta de homenaje a Germán Arciniegas.

Desde finales de la década del cincuenta los anarquistas criollos vienen imputando sus frustradas rebeliones a las agudas diferencias económicas que prevalecen en la sociedad. El argumento suena muy sabio; sin embargo, resulta profundamente falso. En cualquier época y lugar, al margen de cuán extremada sea la miseria de las gentes, el requisito indispensable de cualquier guerra civil del modelo que entre nosotros se pregona consiste en el concurso eficaz de la población. Y en Colombia, por lo menos desde el surgimiento del Frente Nacional, el pueblo se ha mostrado apático a la solución violenta. Seguir justificando las aventuras terroristas con los desajustes sociales, como suelen hacerlo los políticos astutos y los clérigos piadosos, significa simplemente que nunca habrá pues las transformaciones históricas no se coronan en un santiamén ni brotarán de los arreglos de tregua. Los insurgentes continúan supeditando cualquier compromiso verdadero con el régimen a un entendimiento previo sobre los proyectos de desarrollo, el reparto de la riqueza y aun la inclusión en la nómina oficial. A los colombianos les consta que bajo semejantes premisas la llevada y traída reconciliación no deja de ser una entelequia, cuando no un engaño.

Como la acción guerrillera está de espaldas a la realidad, sus auspiciadores se han dado progresivamente licencias que riñen con los procederes revolucionarios. El sostenimiento de las huestes errantes se vuelve la preocupación más imperiosa. Los diversos comandos, en una forma u otra, han aceptado ejercer el secuestro, y el país lo sabe. (En el último período han enfilado sus iras contra los medios productivos, destruyendo fábricas, tumbando torres de energía, inutilizando dragas, prendiendo galpones o volando oleoductos. Presionan a los campesinos de las regiones marginadas a emprender marchas en solicitud de vías y de puentes, y luego los dinamitan. Respecto a las bregas políticas y gremiales, no resisten la tentación de echar mano de los medios coercitivos para dirimir las controversias y precipitar las decisiones. (.

En síntesis, las hazañerías de la extremaizquierda nada tienen que ver con una eclosión del descontento popular. Todo lo contrario. Intentan sustituir la actuación de las masas, pisotean los funcionamientos democráticos, ferian la vida de propios y extraños, alteran el desenvolvimiento civilizado de la confrontación política y dañan los bienes de utilidad pública. En su corto desplazamiento hacia el Río de la Patria, José Antonio Galán dejó sobre el tema bellas lecciones, no sólo de escrupuloso uso de las propiedades que temporalmente incautó, sino de respeto a las existencias de los enemigos que quedaban inermes.

Ejército y conflicto.

Las otras tesis con que se sustenta la congruencia del levantamiento armado, o la táctica de combinación de todas las formas de lucha por lo común giran alrededor del papel represivo de las Fuerzas Armadas. Esta postura luce bastante radical mas carece de fundamento. Después del entreacto castrense, que dio fin a la cruenta disputa entre liberales y conservadores, el régimen vigente ha avanzado por la senda de la democracia representativa, con las obvias limitaciones correspondientes a su índole de clase. Las entidades encargadas del orden no han sido ni más ni menos draconianas que lo característico en una república burguesa de tipo medio. (Aquí las facciones políticas no se han visto obligadas a enmontarse con el objeto de eludir la espada exterminadora del Estado. Sucede a la inversa. A pesar de enmontarse sobreviven bajo el manto de la legalidad.

(Si el uniforme ha adquirido cada vez mayor realce, ello obedece a los prodigios de la pacificación dialogada. ¿Por qué quejarnos entonces de que se les entregue en custodia a los militares las zonas maceradas por el genocidio y la vindicta? ¿O que éstos adopten el cariz deliberante que los cánones les prohíben? ¿No llegamos a esa paradoja después de mucho trámite, elucubración e incumplimiento? Un inopinado desenlace que acabó restringiéndole la libertad de opinar al desprotegido en tanto se la prodiga a quienes posean la protección suficiente para sí y para otros.

En presencia del oscuro panorama, muchos de los partidarios de los tejemanejes del apaciguamiento han decidido enarbolar, con ínfulas de grandes descubridores, los antiguos enunciados del derecho de gentes. Estimuladas ya las tentativas insurreccionales tras la divulgación de toda suerte de mentirosos criterios, ahora se piensa darles legitimidad, subordinando las medidas de control de la conmoción interior a las laxas interpretaciones de los convenios de Ginebra y corriendo los albures de los nuevos percances que de ellos surjan. Se propone no terminar la vandálica reyerta sino humanizarla. Y lo ansían igualmente los alzados en armas, inclusive reclamando la utilización en tal sentido del artículo 121, con miras a internacionalizar su pleito y contener, de paso, a los cuerpos de seguridad. ¡Que intervengan en los asuntos internos nuestra cuanta asociación fantasmal hayan creado en el mundo los áulicos de Nicaragua, Cuba y la Unión Soviética! Eso, por un lado, y por el otro, que el gobierno practique la aunque se le imponga la No otra cosa han entrañado las delegaciones extranjeras invitadas por los organismos legales de la guerrilla para que juzguen el traumático acontecer del país. O las exhortaciones a que las autoridades resguarden a quienes, además de incurrir en los denominados delitos conexos a la rebelión, atacan vehementemente a la fuerza pública. ¿En qué contienda civil digna de su nombre el bando insurgente le exige amparo al bando del orden, cual ocurre en Colombia, sobre todo a raíz de las horrendas y repudiables masacres del año que expira? (

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