Un barco sin brújula, Luís Eduardo Garzón

Por: Luis Eduardo Garzón

Si algo está a la deriva, es el barco que tiene a su cargo actualmente la Embajada de Colombia en los Estados Unidos. Barco que lleva dos años creando expectativas como si fuera otro informe de falsos positivos. Todos los días aprueba el TLC.

Se convirtió en guía turística de lagartos que a nombre de ejercer un lobby para su aprobación, intentaban demostrar que nuestro país era lo más parecido al paraíso terrenal. Eligió como jefe de la cruzada pro tratado —ofreciéndole 700.000 dólares— al enemigo dentro de los demócratas de Obama: Mark Penn, señor que no se contentaba con los 20 millones que le asignaba Hillary Clinton como estratega de su campaña. Se equivocó de negro, pues en lugar de buscar a Barack, terminó siendo dama de compañía de Condoleezza. Su equipo de trabajo, que vivía en medio de peleas internas, tenía todo menos de eso, equipo. Asumió la corresponsalía de Los Ángeles Times y del New York Times para defender militares con los que hoy nadie, ni siquiera el nuevo comandante del Ejército, quiere compararse. No fue capaz de hacernos respetar del trato inhumano que nos dan a los colombianos en los aeropuertos de Estados Unidos, donde ni ella se salvó. Y para cerrar con broche de oro, terminó organizándole una agenda al presidente Uribe en la que éste parecía uno más de los reverendos pregoneros con que contó la campaña McCain. En síntesis, esta misión diplomática hace parte de una embarcación que hace agua, fracasó y está a punto de naufragar. Se llenaron de citas con parlamentarios perdedores, tanto del bando clintoniano como republicano. Estuvieron ocupados, pero eso no quiere decir que estuvieran trabajando.

Y eso, entre otras, nos ha convertido en un país perdedor y aislado. Con vecinos cada vez más distantes. Los ecuatorianos se parecen a la marcha indígena; no quieren saber nada del presidente Uribe. Los bolivianos hacen frente común con los anteriores para boicotear cualquier acuerdo andino con la Unión Europea. Y Chávez ni siquiera ha mandado embajador. La prensa internacional sólo nos referencia por la destitución de militares, por desapariciones que se vuelven falsos indicadores de eficiencia contra la subversión, por el rescate de secuestrados y por uno que otro concierto de Juanes.

Por eso hay que entender que no se puede seguir trabajando ni con los protagonistas ni con el libreto que hasta ahora el Gobierno ha mantenido. La llegada del hombre a la Luna, la caída del muro de Berlín, el atentado contra las Torres Gemelas y la elección de Obama, son los hechos más importantes de los últimos cincuenta años y por su trascendencia generan cambios de inmensas implicaciones. Lo sucedido hace diez días en Estados Unidos, si bien no elimina los tratados comerciales, sí determina unos cambios de énfasis en las relaciones con el mundo. Derechos humanos, libertades políticas, medio ambiente, son, entre otras, las prioridades exteriores del momento. Y ese cambio de ritmo afrodescendiente, con una misión diplomática que sólo sabe de vals, no puede estar bien representado. Ojalá lo entienda el presidente Uribe. Difícil para alguien que cree que cuando se mueve la cerca de la finca es que se movió el mundo. Y aún más difícil cuando él mismo cree que la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores cada vez se asemeja más a la coalición de gobierno. Tan hundida y tan confiable como el barco de Washington.
  • Luis Eduardo Garzón